En la actualidad
Ciento ochenta siete años habían pasado desde que
Stefanos, había dejado de ser un humano y sin embargo aún no se acostumbraba a
ello. Su creador o más bien como él se llamaba: “su amo”. Había desaparecido
desde hace más de cien años atrás dejándolo totalmente libre, cosa que no
desaprovecho.
Conoció y viajo todo lo que con Dominik se
reprimía por pasar la mayor parte del tiempo en la cama, desnudo y complaciendo
los deseos del vampiro. Y no es que no le gustara, después de un tiempo se
acostumbró a ello y hasta le gustaba.
Pero incluso después de eso, jamás sintió nada
por Dominik. Tal vez respeto o inclusive odio, sin embargo nada pasaba de esa
línea.
Se había instalado en su casa, aquella a la cual
no había regresado hasta ahora. Después de todo el seguía siendo asquerosamente
rico. Cambio un poco las cosas, como por ejemplo su nombre. Dejo de ser
Stefanos y paso a ser Stefan Grimm; el ultimo descendiente de esa familia.
Tenía que mentir si no quería sospechas y más si había regresado al lugar en
donde su familia aún era recordada.
La casa aún conservaba los detalles y arreglos
que su madre Eloise había puesto en ella; haciendo que fuera elegante, pero sin
excesos. En conclusión, la casa era hermosa y acogedora tanto por dentro como
por afuera.
Demasiados recuerdos traía esa casa, aunque el
termino casa era corto. Ya que en realidad, más bien parecía una mansión.
Si tan solo el fuera humano, probablemente sus
descendientes estuvieran ahí. En cambio el silencio de aquella construcción,
recalcaba lo que ya era un hecho.
Él no era humano, nunca se casó y por supuesto
jamás tendría hijos. Tal y como lo decía en sus papeles totalmente arreglados;
era el último de los Grimm.
Agotado de pensar en lo que fue y no será, subió
las largas escaleras. Recordándose así mismo el contratar personal para la
limpieza, ahora que él había vuelto.
Llego al último escalón y diviso el gran reloj
que estaba por marcar la medianoche.
“La hora de los vampiros” pensó.
En su viaje que había hecho, busco a otros de su
misma especie. Algunas veces tuvo suerte y otras no. Pero curiosamente
descubrió que a pesar de todo, eran un gran número.
Había de todo.
Camino hacia su cuarto; una vez ahí, se instaló y
se fijó de los cambios que haría. El principal sería quitar las ventanas o por
lo menos poner algunas cortinas totalmente oscuras que impidiera el paso de la
luz del astro.
No es que él tuviera ganas de cuidarse, pero
tampoco deseaba morir aun. Sabía que por muy poco que se expusiera al sol, se
quemaría hasta quedar hecho polvo.
Maldito Dominik, hasta la libertad de andar
libremente en el día, se la había arrebatado.
Pero, ¿que no le había arrebatado aquel vampiro?
Hasta donde se acordaba, su primera vez en muchas cosas, habían pasado por
manos de Dominik Roch.
Jodido seas.
Tapo las ventanas, dejando que solo la luz de la
habitación le otorgara claridad. Una vez terminado, se dirigió a su cama. Tendría
que ver lo del ataúd cuanto antes; no es que le gustara estar ahí todo el
tiempo que estaba el sol, pero era eso o no descansar como era.
De nuevo maldijo a Roch.
Se disponía a darse un pequeño baño, cuando el
timbre sonó. Haciendo que se sorprendiera un poco.
No esperaba a nadie y eso era algo misterioso.
En un movimiento rápido, se encontraba ya en la
entrada de la casa. Al menos una de las ventajas de ser vampiro, era por
supuesto la rapidez. Si no, se hubiera llevado cinco minutos hasta ahí.
Con un poco de precaución, abrió la puerta y su
sorpresa fue aún mayor cuando la persona del otro lado era nada más que Rebeca.
− Rebeca…
− Hola niño bonito, ¿puedo pasar o me dejaras
aquí? – preguntó la pelinegra, mientras que en su rostro se mostraba la típica
sonrisa que le echaba siempre al verlo.
− Adelante.
La mujer no espero a que él le volviera a dar el
paso, se apresuró a entrar.
− Vaya, sí que eres asquerosamente rico.
Como odiaba el sarcasmo de Rebeca.
− Dime a que viniste, dudo que sea para ver lo
cual “rico” soy. – le respondió con un tono sarcástico.
− Jamás cambiaras, me temo que Dominik le falto
mano dura contigo. – Rebeca se acomodó en uno de los sillones, mientras le
respondía. – En fin, no vengo a eso. Quiero tu ayuda Stefanos.
Si esa era una broma por parte de ella, era muy
buena. La seriedad con la cual le estaba pidiendo esa ayuda era algo que en su
vida pensó ver a Rebeca hacer y menos a él.
− Ok, ¿en dónde está la broma? Y por cierto,
¿dónde está él? ¿No se supone que son uña y mugre?
No se dio cuenta en que momento la pelinegra
estaba encima de él, agarrándolo por el cuello; mostrando el peligro en sus
ojos. Al parecer no era broma.
Maldición.
− Cálmate Rebeca o no te voy a ayudar. – contestó
aun con las manos de ella en su cuello, haciendo presión.
La mujer soltó un gruñido y se alejó de él.
− Tienes suerte de que no te haya matado ahorita
mismo, imbécil.
Stefanos, se acomodó la camisa que había arrugado
la vampira. Y le observo; vestía casual, algo que ella no hacía. Por lo general
siempre traía ropa llamativa y la cual mostraba sus atributos. Sobre todo su
cabello, jamás lo llevaba amarrado.
Algo raro pasaba y supuso que lo que ella le pediría
no le iba a gustar.
− ¿A qué venias Rebeca?
La vio más tranquila, recuperando un poco su
sentido del humor de ella. Pero no estaba del todo como solía ser; algo le
preocupaba, se veía más cansada e inclusive un poco más grande.
− Necesito tu ayuda Stefanos. Necesito que me ayudes
a encontrarlo.
Suspiro, al fin que podía tener tranquilidad y
vivir un poco a su gusto. Se topaba con Rebeca y le echaba la noticia de que
necesitaba su ayuda.
− Por favor, ayúdame.
Si no fuera porque la vio tan frágil e insegura,
jamás le hubiera contestado lo que le diría.
− Muy bien, te ayudare. Pero primero me tienes
que contar todo lo que me he perdido en este tiempo que no supe nada de
ustedes.
La vio más tranquila y él se maldijo así mismo.
− Claro, aunque si te soy sincera, solo se poco.
Desde que te dejamos, Dominik se comportó distinto. Acudía a reuniones, a las
cuales yo no podía ir. Comenzó a ocultarme cosas. – volteo su rostro,
perdiéndose un poco en sus pensamientos. –Si yo hubiera adivinado lo que
pasaría, jamás lo dejaría solo aquel día.
Antes de que Stefanos respondiera, ella continúo.
− Ese día me mando a hacer unos pedidos, desde
que te había vuelto su compañero, Dominik no volvió a beber sangre de otro
humano. –Volteo, ahora mirándolo fijamente.
− Y por si no lo sabes, él te
quiere. Tal vez se comportó como un maldito bastardo, pero todo lo que hacía
era para demostrarte su cariño.
− No sé si sepas que clase de cosas me hacia
Roch, Rebeca. Pero dudo que él me quisiera.
− Supuse que con el tiempo que estuviste con él,
te darías cuenta. Dominik es así, por las inimaginables veces en las cuales ha
perdido a las personas que le importan. Además, su pasado no es muy bueno.
Inclusive el mío, es a comparación del de él, muy bello.
No sabía que contestarle, ¿sería posible que
aquel vampiro hubiera sufrido?
− Tú dices que somos uña y mugre, pero jamás te
has preguntado el porqué, ¿o, si?
Por supuesto que se lo había cuestionado, pero
jamás le había preguntado.
− En fin, nosotros tenemos esa unión, ya que
somos hermanos. Y si quieres saber más, tendrás que esperar. Confórmate con
saber eso.
Vaya noticia que le había soltado.
− ¿En que estaba? ah ya recordé. Fui a recoger
sus pedidos, no sin antes notar el extraño comportamiento que tenía. Parecía
intranquilo e inclusive le dije si no quería que me quedara, obviamente él me
dijo que no. Así que me apresure. No tarde ni media hora Stefanos, cuando
volví, todo había cambiado. La casa estaba en llamas. Entre como pude, lo
busque o al menos un cuerpo, pero o había nada. Dominik se había ido y yo no
sabía a donde.
Stefanos la vio desmoronarse. Al parecer Rebeca,
de verdad tenía esa unión de hermanos con Roch.
Le tendió un pañuelo, ella lo acepto y se empezó
a tranquilizar un poco.
− ¿Has buscado en otros lados que él acudiera
Rebeca?
− Claro, pero no hay señal de él. Perece que se
lo hubiera tragado la tierra.
Bueno, ya estaba
metido en eso y verla a ella tan sola, le conmovió. Ahora entendía él porque su
falta de arreglo y habitual costumbre de molestarlo. Lo necesitaba y estaba
desesperada.
− Muy bien Rebeca, te voy ayudar. Pero no es
porque le tenga afecto a él. Lo hago más bien por ti y para que le patees el
culo en cuanto lo encuentres por dejarte.
Vio como sonreía, al parecer le agradaba la idea.
− Por supuesto, me encargare de darle una buena
patada en su culo.
Imagen de la bella Rebeca

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