Música

domingo, 29 de marzo de 2015

Mordida uno: Una visita inesperada ( SD )

En la actualidad


Ciento ochenta siete años habían pasado desde que Stefanos, había dejado de ser un humano y sin embargo aún no se acostumbraba a ello. Su creador o más bien como él se llamaba: “su amo”. Había desaparecido desde hace más de cien años atrás dejándolo totalmente libre, cosa que no desaprovecho.

Conoció y viajo todo lo que con Dominik se reprimía por pasar la mayor parte del tiempo en la cama, desnudo y complaciendo los deseos del vampiro. Y no es que no le gustara, después de un tiempo se acostumbró a ello y hasta le gustaba.

Pero incluso después de eso, jamás sintió nada por Dominik. Tal vez respeto o inclusive odio, sin embargo nada pasaba de esa línea.

Se había instalado en su casa, aquella a la cual no había regresado hasta ahora. Después de todo el seguía siendo asquerosamente rico. Cambio un poco las cosas, como por ejemplo su nombre. Dejo de ser Stefanos y paso a ser Stefan Grimm; el ultimo descendiente de esa familia. Tenía que mentir si no quería sospechas y más si había regresado al lugar en donde su familia aún era recordada.

La casa aún conservaba los detalles y arreglos que su madre Eloise había puesto en ella; haciendo que fuera elegante, pero sin excesos. En conclusión, la casa era hermosa y acogedora tanto por dentro como por afuera.

Demasiados recuerdos traía esa casa, aunque el termino casa era corto. Ya que en realidad, más bien parecía una mansión.

Si tan solo el fuera humano, probablemente sus descendientes estuvieran ahí. En cambio el silencio de aquella construcción, recalcaba lo que ya era un hecho.

Él no era humano, nunca se casó y por supuesto jamás tendría hijos. Tal y como lo decía en sus papeles totalmente arreglados; era el último de los Grimm.

Agotado de pensar en lo que fue y no será, subió las largas escaleras. Recordándose así mismo el contratar personal para la limpieza, ahora que él había vuelto.
Llego al último escalón y diviso el gran reloj que estaba por marcar la medianoche.

“La hora de los vampiros” pensó.

En su viaje que había hecho, busco a otros de su misma especie. Algunas veces tuvo suerte y otras no. Pero curiosamente descubrió que a pesar de todo, eran un gran número.

Había de todo.

Camino hacia su cuarto; una vez ahí, se instaló y se fijó de los cambios que haría. El principal sería quitar las ventanas o por lo menos poner algunas cortinas totalmente oscuras que impidiera el paso de la luz del astro.

No es que él tuviera ganas de cuidarse, pero tampoco deseaba morir aun. Sabía que por muy poco que se expusiera al sol, se quemaría hasta quedar hecho polvo.

Maldito Dominik, hasta la libertad de andar libremente en el día, se la había arrebatado.

Pero, ¿que no le había arrebatado aquel vampiro? Hasta donde se acordaba, su primera vez en muchas cosas, habían pasado por manos de Dominik Roch.

Jodido seas.

Tapo las ventanas, dejando que solo la luz de la habitación le otorgara claridad. Una vez terminado, se dirigió a su cama. Tendría que ver lo del ataúd cuanto antes; no es que le gustara estar ahí todo el tiempo que estaba el sol, pero era eso o no descansar como era.

De nuevo maldijo a Roch.

Se disponía a darse un pequeño baño, cuando el timbre sonó. Haciendo que se sorprendiera un poco.

No esperaba a nadie y eso era algo misterioso.

En un movimiento rápido, se encontraba ya en la entrada de la casa. Al menos una de las ventajas de ser vampiro, era por supuesto la rapidez. Si no, se hubiera llevado cinco minutos hasta ahí.

Con un poco de precaución, abrió la puerta y su sorpresa fue aún mayor cuando la persona del otro lado era nada más que Rebeca.

− Rebeca…

− Hola niño bonito, ¿puedo pasar o me dejaras aquí? – preguntó la pelinegra, mientras que en su rostro se mostraba la típica sonrisa que le echaba siempre al verlo.

− Adelante.

La mujer no espero a que él le volviera a dar el paso, se apresuró a entrar.

− Vaya, sí que eres asquerosamente rico.

Como odiaba el sarcasmo de Rebeca.

− Dime a que viniste, dudo que sea para ver lo cual “rico” soy. – le respondió con un tono sarcástico.

− Jamás cambiaras, me temo que Dominik le falto mano dura contigo. – Rebeca se acomodó en uno de los sillones, mientras le respondía. – En fin, no vengo a eso. Quiero tu ayuda Stefanos.

Si esa era una broma por parte de ella, era muy buena. La seriedad con la cual le estaba pidiendo esa ayuda era algo que en su vida pensó ver a Rebeca hacer y menos a él.

− Ok, ¿en dónde está la broma? Y por cierto, ¿dónde está él? ¿No se supone que son uña y mugre?

No se dio cuenta en que momento la pelinegra estaba encima de él, agarrándolo por el cuello; mostrando el peligro en sus ojos. Al parecer no era broma.

Maldición.

− Cálmate Rebeca o no te voy a ayudar. – contestó aun con las manos de ella en su cuello, haciendo presión.

La mujer soltó un gruñido y se alejó de él.

− Tienes suerte de que no te haya matado ahorita mismo, imbécil.
Stefanos, se acomodó la camisa que había arrugado la vampira. Y le observo; vestía casual, algo que ella no hacía. Por lo general siempre traía ropa llamativa y la cual mostraba sus atributos. Sobre todo su cabello, jamás lo llevaba amarrado.

Algo raro pasaba y supuso que lo que ella le pediría no le iba a gustar.

− ¿A qué venias Rebeca?

La vio más tranquila, recuperando un poco su sentido del humor de ella. Pero no estaba del todo como solía ser; algo le preocupaba, se veía más cansada e inclusive un poco más grande.

− Necesito tu ayuda Stefanos. Necesito que me ayudes a encontrarlo.

Suspiro, al fin que podía tener tranquilidad y vivir un poco a su gusto. Se topaba con Rebeca y le echaba la noticia de que necesitaba su ayuda.

− Por favor, ayúdame.

Si no fuera porque la vio tan frágil e insegura, jamás le hubiera contestado lo que le diría.

− Muy bien, te ayudare. Pero primero me tienes que contar todo lo que me he perdido en este tiempo que no supe nada de ustedes.

La vio más tranquila y él se maldijo así mismo.

− Claro, aunque si te soy sincera, solo se poco. Desde que te dejamos, Dominik se comportó distinto. Acudía a reuniones, a las cuales yo no podía ir. Comenzó a ocultarme cosas. – volteo su rostro, perdiéndose un poco en sus pensamientos. –Si yo hubiera adivinado lo que pasaría, jamás lo dejaría solo aquel día.

Antes de que Stefanos respondiera, ella continúo.

− Ese día me mando a hacer unos pedidos, desde que te había vuelto su compañero, Dominik no volvió a beber sangre de otro humano. –Volteo, ahora mirándolo fijamente. 

− Y por si no lo sabes, él te quiere. Tal vez se comportó como un maldito bastardo, pero todo lo que hacía era para demostrarte su cariño.

− No sé si sepas que clase de cosas me hacia Roch, Rebeca. Pero dudo que él me quisiera.

− Supuse que con el tiempo que estuviste con él, te darías cuenta. Dominik es así, por las inimaginables veces en las cuales ha perdido a las personas que le importan. Además, su pasado no es muy bueno. Inclusive el mío, es a comparación del de él, muy bello.

No sabía que contestarle, ¿sería posible que aquel vampiro hubiera sufrido?

− Tú dices que somos uña y mugre, pero jamás te has preguntado el porqué, ¿o, si?
Por supuesto que se lo había cuestionado, pero jamás le había preguntado.

− En fin, nosotros tenemos esa unión, ya que somos hermanos. Y si quieres saber más, tendrás que esperar. Confórmate con saber eso.

Vaya noticia que le había soltado.

− ¿En que estaba? ah ya recordé. Fui a recoger sus pedidos, no sin antes notar el extraño comportamiento que tenía. Parecía intranquilo e inclusive le dije si no quería que me quedara, obviamente él me dijo que no. Así que me apresure. No tarde ni media hora Stefanos, cuando volví, todo había cambiado. La casa estaba en llamas. Entre como pude, lo busque o al menos un cuerpo, pero o había nada. Dominik se había ido y yo no sabía a donde.

Stefanos la vio desmoronarse. Al parecer Rebeca, de verdad tenía esa unión de hermanos con Roch.

Le tendió un pañuelo, ella lo acepto y se empezó a tranquilizar un poco.

− ¿Has buscado en otros lados que él acudiera Rebeca?

− Claro, pero no hay señal de él. Perece que se lo hubiera tragado la tierra.
Bueno, ya  estaba metido en eso y verla a ella tan sola, le conmovió. Ahora entendía él porque su falta de arreglo y habitual costumbre de molestarlo. Lo necesitaba y estaba desesperada.

− Muy bien Rebeca, te voy ayudar. Pero no es porque le tenga afecto a él. Lo hago más bien por ti y para que le patees el culo en cuanto lo encuentres por dejarte.

Vio como sonreía, al parecer le agradaba la idea.


− Por supuesto, me encargare de darle una buena patada en su culo.



Imagen de la bella Rebeca

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